¿Astucia o Sumisión? La Dignidad Frente al Poder
La dignidad de una mujer no se mide por lo que entrega, sino por lo que jamás pierde. Esta verdad atraviesa la historia de una mujer líder, profesional, madre, venezolana, que decidió perseguir sus ideales aun cuando el costo fue el exilio, la humillación pública, la traición y el dolor familiar. Una mujer que se enfrentó, no solo a un régimen político, sino a un sistema de poder diseñado para aplastar la ética, normalizar la corrupción y destruir la esperanza.
Durante años, Venezuela fue sometida a un reino político que quebró el orden constitucional, permitió la penetración de la corrupción en todos los Poderes Públicos —nacional, estadal y local— y desencadenó la crisis económica y humanitaria más dantesca de su historia. Paralelamente, cientos de personas disidentes fueron encarceladas, detenidas arbitrariamente, desaparecidas, asesinadas, abusadas sexual y psicológicamente. Denunciar la corrupción se convirtió en una sentencia: persecución, confiscación de bienes, amenazas contra la familia, etc. El régimen no dudó en encarcelar incluso a personas mayores para quebrar voluntades y alcanzar el silencio de sus verdaderos objetivos. Un mecanismo de tortura con impacto familiar que fue denunciado ante instancias internacionales, muchas de las cuales tardaron demasiado en comprender la magnitud de la mafia que se construía en Venezuela, bajo inspiración cubana, conveniencia rusa y suspicacia china, mientras se entrelazaba con regímenes y actores temibles: Irán, Cuba, Rusia, Turquía, paramilitares y carteles de la droga.
En ese contexto, la oposición que debía representar una alternativa ética terminó, en buena parte, doblegada por el poder. Se formó una cúpula de opositores deshonestos, amparados por acuerdos de doble moral: ante el pueblo fingían despreciar al régimen, pero a puertas cerradas negociaban beneficios económicos dentro y fuera del país. El resultado fue devastador: una ciudadanía atrapada entre la represión abierta y la traición encubierta.
Mientras tanto, una líder caminaba en silencio. Sin estridencias, conquistando corazones, levantando la esperanza de quienes habían sido minimizados, borrados, convertidos en “nadie” para el régimen e invisibles para muchos líderes del mundo, más preocupados por el impacto de la migración venezolana en sus países que por las causas profundas que la originaron. Se implementaron políticas migratorias unilaterales mirando hacia otro lado, ignorando la raíz del éxodo.
Pasaron largos años. La líder construyó poder moral, no poder armado; esperanza, no propaganda. Fue criticada, burlada, humillada, traicionada por opositores de alto nivel, incluso por quienes se presentaron ante el mundo bajo un supuesto interinato que, lejos de liberar al país, administró recursos y expectativas al servicio de intereses personales. Ella persistió. Tal vez impulsada por la resistencia, por la impotencia de haber sido humillada públicamente por Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello; tal vez por la memoria de una Venezuela rica, próspera, de oportunidades, que fue un verdadero sueño americano y que muchos no supieron valorar.
Terca, imponente, incómoda, inteligente, se mantuvo fiel a su propósito hasta llegar a las elecciones presidenciales de 2024 y ganarlas junto a un equipo de venezolanos dentro y fuera del país: profesionales, adultos contemporáneos que vivieron una Venezuela que les dio herramientas para formarse, disfrutar y discernir entre la pobreza impuesta y las posibilidades reales de ser y tener.
Hoy, la sociedad observa con asombro un hecho que sacude conciencias: la ganadora del Premio Nobel de la Paz 2025 entrega la medalla de oro —símbolo máximo de reconocimiento moral— a un hombre conocido por minimizar el poder de la mujer, ridiculizarla, humillarla y estandarizar su rol en la vida política, social y económica. Un hombre que insulta, que manda callar, que reduce cualidades femeninas a adornos, incluso cuando se refiere a figuras como Delcy Rodríguez, su rival política. ¿Qué pasó aquí?
¿Es este un acto simbólico de agradecimiento del pueblo venezolano por la captura de Nicolás Maduro, como se ha dicho? ¿Es un acto de comercio político? ¿Es una jugada de astucia en un tablero geopolítico donde las potencias se disputan territorios ricos en recursos estratégicos, comercio, poder militar y narrativas de dominio? ¿Cómo encaja una líder mundial como María Corina Machado en esta geopolítica cruda, donde los valores parecen siempre negociables?
No es una simple entrega. El Premio Nobel de la Paz no es solo una medalla: es el resultado de dolor, ética, amor propio y dignidad. Entregarlo es enfrentarse a la verdad más dura del narcisismo del poder. Quien recibe ese objeto sin comprender su valor moral jamás podrá apreciarlo. El narcisismo se ahoga en su propio reflejo, convencido de que él es el verdadero ganador. Ese gesto, lejos de honrar la lucha de la mujer que lo obtuvo, revela desprecio: por ella, por su pueblo y por el sacrificio que representa.

Entonces surge la pregunta central: ¿entregar la medalla es sumisión o astucia? Sin duda, es una transacción. Pero también deja algo claro: el poder verdadero no se transfiere con objetos. La medalla es un símbolo; el camino que llevó a la dignataria del Nobel a ganarla es intransferible. Nadie puede apropiarse de su historia, de su resistencia ni de su autoridad moral.
Como mujer y como profesional, esta escena obliga a una reflexión profunda. Otros pueden intentar robarnos lo que somos o lo que tenemos; a veces incluso lo permitimos por supervivencia. Pero hay una verdad irrenunciable: la dignidad no se negocia. Las mujeres, especialmente en política, pagan —consciente o inconscientemente— el precio de la violencia, de los estereotipos, del escrutinio cruel. Aun así, deben ser admiradas y respetadas. Su tiempo se divide entre profesión, propósito, familia y un mundo que insiste en premiar la acumulación y no la sabiduría.
El largo trabajo de quienes defendemos los derechos humanos consiste, precisamente, en educar a nuestras niñas y mujeres en esta certeza: la dignidad no es transferible. Te pueden obligar a ceder, te pueden despojar de símbolos, pero jamás de tu valor. Y esa, al final, es la verdadera victoria.
Redactado por
Damarys Rangel
Mujer-Venezolana-Defensora de Derechos Humanos








